Hace apenas unas semanas, celebrábamos el Día de la Mujer. Un día para visibilizar, para luchar, para no olvidar por qué seguimos saliendo a la calle. Pero ese día, un amigo me envió un enlace que, honestamente, me dejó helada: “491 ventajas ante la ley que tienen las mujeres”. Lo hizo con tono irónico, como si fuera una gran revelación, como si nosotras estuviéramos jugando con ventaja en una carrera que desde el inicio tiene el terreno inclinado en nuestra contra. Lo que más me impactó no fue el enlace en sí, que está lleno de tergiversaciones, y omisiones interesadas. Lo que me dolió fue la ligereza con la que lo compartió. Como si hablar de leyes que supuestamente nos “favorecen” fuera una forma válida de invalidar la lucha por la igualdad real. Podemos tener mil leyes a nuestro favor. Podemos aparecer como beneficiadas en códigos y artículos. Pero la realidad, la vida real, el momento en que esas leyes deben aplicarse demuestra que esas “ventajas” desaparecen como humo. Porque cua...
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Lo que duele es que duela tan lejos
A veces me pregunto cómo puede ser que haya tanto sufrimiento en el mundo… y tan poca gente hablando de ello. En países como Sudán, Yemen, Etiopía o Afganistán hay guerras, violaciones, hambre, desplazamientos forzados. Y sin embargo, casi nadie lo menciona. Ni en las noticias, ni en clase, ni en las redes. Es como si ese dolor no existiera. Como si no importara. ¿Qué tiene que pasar para que la vida de alguien valga la pena ser contada? ¿Nacer más cerca? ¿Tener la piel más clara? ¿Hablar un idioma que entendamos? En Sudán, por ejemplo, llevan más de un año en guerra. Y no una guerra cualquiera. Miles de civiles han muerto, mujeres han sido utilizadas como arma de guerra, millones de personas han tenido que huir de sus casas. Pero no lo vemos. No se habla de ello. No es tendencia. Y eso me cabrea. Me cabrea que solo algunas vidas parezcan importar. Me cabrea que nos hagan pensar que en algunos lugares sufrir es “lo normal”. Que vivir entre bombas o pasar hambre se vea co...
Ayer me encontré un pastor alemán en la calle. Me lo crucé volviendo a casa, y sin que yo hiciera nada, empezó a seguirme. Tenía collar y se notaba que estaba cuidado, no estaba sucio ni parecía abandonado desde hace mucho. Pero no llevaba chip. Solo eso ya bastó para que la policía se lo llevara cuando llamamos. Antes de que vinieran, se quedó un rato conmigo en la puerta. Le ofrecí algo de comida y lo aceptó, aunque sin confianza. Y cuando mi madre intentó acariciarlo, se asustó muchísimo. Se apartó de golpe, como si creyera que le iban a hacer daño. Ese gesto me dolió más que cualquier ladrido. Porque no hacía falta saber nada más: ese perro tenía miedo de las personas. Y ese miedo no sale de la nada. No sé qué habrá vivido. Pero sí sé que no es normal que un animal reaccione así si ha sido bien tratado. Y me da muchísima rabia. Me pone enferma pensar que hay gente que puede maltratar a un perro, a un gato, a cualquier ser vivo, sin ni siquiera pensarlo dos veces. Como si no ...






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