Hace apenas unas semanas, celebrábamos el Día de la Mujer. Un día para visibilizar, para luchar, para no olvidar por qué seguimos saliendo a la calle. Pero ese día, un amigo me envió un enlace que, honestamente, me dejó helada: “491 ventajas ante la ley que tienen las mujeres”. Lo hizo con tono irónico, como si fuera una gran revelación, como si nosotras estuviéramos jugando con ventaja en una carrera que desde el inicio tiene el terreno inclinado en nuestra contra. Lo que más me impactó no fue el enlace en sí, que está lleno de tergiversaciones, y omisiones interesadas. Lo que me dolió fue la ligereza con la que lo compartió. Como si hablar de leyes que supuestamente nos “favorecen” fuera una forma válida de invalidar la lucha por la igualdad real. Podemos tener mil leyes a nuestro favor. Podemos aparecer como beneficiadas en códigos y artículos. Pero la realidad, la vida real, el momento en que esas leyes deben aplicarse demuestra que esas “ventajas” desaparecen como humo. Porque cua...
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Ciudadanos del mundo
A veces me cuesta entender cómo aceptamos cosas que, si las pensamos un poco, no tienen ningún sentido. Una de ellas es esa idea absurda de que hay personas “ilegales”. ¿Ilegales? ¿Cómo puede ser ilegal un ser humano por el simple hecho de cruzar una línea imaginaria en un mapa? No me entra en la cabeza que hayamos dividido el planeta —nuestro hogar común— en fronteras tan rígidas, tan llenas de normas, de muros, de papeles que deciden si tienes derecho o no a estar en un lugar. Todos nacimos en el mismo mundo. Nadie eligió dónde nacer. ¿Por qué entonces a unas personas se les da libertad para moverse y a otras se les castiga con alambradas, deportaciones o la etiqueta de “inmigrante ilegal”? Desde pequeños nos enseñan a identificar nuestra nacionalidad como si fuera parte esencial de lo que somos. Pero, ¿qué pasaría si nos enseñaran primero que somos humanos antes que españoles, marroquíes, colombianos o senegaleses? ¿Qué pasaría si dejáramos de vernos como ciudadanos de un país y emp...
Pensar duele, pero tragar sin pensar es peor.
A veces me pregunto si realmente estamos pensando o simplemente repitiendo lo que otros nos dicen. En clase de filosofía nos hablan mucho de la importancia del pensamiento crítico, de no aceptar todo sin cuestionarlo, de dudar incluso de lo que creemos saber. Pero luego miro a mi alrededor y veo a muchos adolescentes aceptar ideas sin pensarlas dos veces, sobre todo cuando esas ideas vienen envueltas en discursos que suenan “fuertes” o “valientes”, aunque en realidad sean peligrosos o directamente falsos. Vivimos en una época de sobreinformación. Nos llegan mensajes constantemente por redes sociales, vídeos cortos, titulares llamativos. Y como estamos saturados, es más fácil quedarnos con lo que más ruido hace. Lo grave es que muchas de esas afirmaciones que se repiten entre jóvenes no están basadas en datos ni en argumentos, sino en prejuicios, en miedos, en una visión simplista del mundo que divide todo entre “nosotros” y “ellos”. La filosofía no está de moda. No es tendencia. Pero d...






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